10/04/10

Luz, oscuridad, luz, oscuridad, luz...

Las olas balanceaban el barco. A veces con brusquedad. Desde el timón yo podía ver a mis tripulantes a estribor, mareados. El viento me agitaba el pelo y me daba latigazos en la cara y sentía la garganta seca, salada. Llevaba mucho tiempo en ese barco buscando la orilla o alguna señal que nos indicara que estábamos cerca de nuestro objetivo.

No era difícil encontrar más navíos por esos mares interminables. A veces, ni se podía navegar por la saturación de barcos. Pero todos estábamos igual de perdidos y proseguíamos el rumbo, fuera cual fuese, solos. Igual de perdidos que al encontrarnos.

Ahora nos había sorprendido una tormenta en plena noche. Una ola gigante casi nos hace volcar. No era la primera vez, pero le teníamos el mismo miedo. Habíamos conseguido estabilizar el barco cuando, aparecida de la nada, vi una luz.

Luz, oscuridad, luz, oscuridad, luz…

Se me aceleró el corazón. ¿Eso era un faro? Pero con tantas olas, el viento y el ajetreo no podía estar segura. De todos modos, me dirigí hacia esa luz.

Luz, oscuridad, luz, oscuridad, luz…

A la hora de estar persiguiendo esa luz, oí gritos de alegría e incredulidad. “¡Tierra!” gritaban. Y yo sonreía. Había conseguido mi misión. De pronto, me invadió una sensación de paz, alegría y tranquilidad que nunca había sentido, y me dejé llevar hacia el faro con una sonrisa en los labios.